domingo, 19 de abril de 2009

Frente de Liberación Nacional
Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN)
01 de Enero de 1966

LA REVOLUCIÓN VERDADERA, LA VIOLENCIA Y EL FATALISMO GEO-POLÍTICO

Un camino distinto al de la sumisa aceptación de la «revolución permitida» –que no es revolución sino en la falaz teoría de los imperialistas– implica un cambio substancial en la actitud de individuos y grupos y conlleva, en primer término, a la liberación de cada cual. Lo principal está en comprender exactamente los problemas del país, su esencia y sus causas. Luego, la magnitud de los intereses en pugna y la conducta de cada clase social frente al conjunto. El análisis completo de la situación general más el examen detallado de la correlación de fuerzas en lo nacional y lo internacional, determina las características y posibilidades de una revolución verdadera, sin más limitaciones que las que imponen las realidades objetivas y sin más restricciones que las que corresponden a un proceso difícil frente a un enemigo relativamente poderoso. En la medida de que la necesidad de la revolución se aclara ante los diversos sectores nacionales y aparece en toda su nitidez y, en la medida también de que el pueblo y su vanguardia revolucionaria se lanzan a la lucha definitiva –como ha ocurrido en Venezuela y otros países de estructura [55] similar– los imperialistas y demás clases reaccionarias se apresuran a tomar todas las posiciones correspondientes para mantener su dominación y atemorizar, con la práctica, de la amenaza y los hechos de fuerza, a los grupos y clases que aun comprendiendo aquella necesidad no se atreven a arriesgar lo que ya han conquistado, a poner en peligro sus intereses en una lucha que, mirada superficialmente, luciría como aventura. Las recientes declaraciones del presidente Johnson al inicio de la crisis dominicana, anunciando que el gobierno de Estados Unidos no permitirá la aparición de «una nueva Cuba» en el continente; la resolución de la Cámara de Representantes norteamericana de apoyar cualquier intervención militar de su país en América Latina; el incremento de la guerra en Viet-Nam y todas las manifestaciones en igual sentido, como la proposición de crear una Fuerza Militar Interamericana, constituyen importantes expresiones de una línea política, que además de ser el único medio para conservar el dominio colonial, está dirigida a la atemorización colectiva y a robustecer, en el seno de los pueblos, los inmensos riesgos, sacrificios y dificultades a que debe enfrentarse la verdadera lucha revolucionaria. Y por otra parte, no se detienen, como no se detendrán en la utilización de su poderío militar, en crear un clima artificial de facilidades para presentar ante los grupos y clases vacilantes un camino menos riesgoso e inseguro que a la larga satisfaga sus intereses. Con motivo de la celebración de último aniversario de la Alianza para el Progreso, después de la intervención militar en Santo Domingo para aplastar un movimiento democrático, el presidente Johnson dijo: «La revolución social democrática es la alternativa –la única alternativa– al derramamiento de sangre, la destrucción y la tiranía. Pues el pasado es pasado. Y los que luchan por preservarlo se suman sin saberlo a las filas de sus propios destructores». ¿Pero quiénes son los que se oponen a la revolución social democrática en la República Dominicana, Venezuela, Perú, Guatemala, Brasil, en el mundo, siendo la única alternativa? ¿Quiénes sino las propias tropas norteamericanas incrementan «el derramamiento de sangre, la destrucción y la tiranía en Viet Nam»? ¿Quiénes sino el gobierno norteamericano, luchan por preservar el pasado y ensangrentar nuestro país y todo el continente americano? [56]
Las palabras del Presidente Johnson, y las del señor Kennedy; las del representante venezolano en la OEA, a propósito de la Conferencia Tricontinental, como las de todos los imperialistas y sus sirvientes, que se contradicen con los hechos (ocupación militar de Santo Domingo, resolución de la Cámara de Representantes, &c.) tienen un carácter claro, preciso. Son como las utilizadas por algún padre bravucón que con un rejo en la mano dice al hijo travieso: «si no te estás quieto, ¡te pego!» La combinación de las palabras y los hechos, como expresión de una sola política, por parte de los imperialistas, sus ideólogos y lacayos, no ha dejado de darles buenos resultados. Por su medio han logrado mediatizar a importantes sectores de los pueblos colonizados, como el nuestro, para los cuales la liberación nacional es el camino de su propia liberación económica y social, pues abre al país inmensas perspectivas de desarrollo dentro del cual las clases hoy explotadas por el imperialismo y la oligarquía, tienen campo propicio para el incremento del trabajo productivo. En Venezuela, ya lo expresamos, pocos discuten la necesidad de una transformación revolucionaria para poner fin al actual estado de subdesarrollo, atraso y miseria. El amigo y viejo compañero a quien me he venido refiriendo, está consciente de esa necesidad, como lo están muchos de los que, incluso dentro de la clase obrera, piensan de la misma manera. El problema existe cuando se consideran las vías para lograr dicha transformación revolucionaria. Es entonces cuando surgen dudas y posiciones discrepantes: de un lado quienes creen –como mi amigo– que hay todavía posibilidades de conquistar la liberación nacional por la vía del sufragio, de la sola lucha pacífica de masas, de las reformas progresivas; y del otro quienes –como yo– creen que tal conquista sólo es posible a través de la insurrección popular, consecuencia de la correcta combinación de todas las formas de lucha, dentro de una exacta concepción de la Guerra del Pueblo. Son, pues, dos los campos en que están divididos los sectores y clases progresistas del país, como también dos los campos en que se comparte la totalidad de la sociedad venezolana. Y los cuales, en uno u otro terreno, se irán definiendo más nítidamente al profundizarse la toma de conciencia por parte del pueblo y sus aliados en la presente etapa histórica, en la que la revolución liberadora es la alternativa nacional. Los sectores y clases progresistas, como a los que pertenece mi amigo, actualmente ubicados en el campo del reformismo o de la «revolución [57] permitida», carecen de una clara mentalidad de Poder; de lo que significa, en su propia esencia, la conquista del Poder Político como instrumento de lucha entre las clases ascendentes, asfixiadas en forma transitoria, y las clases retrógradas, conservadoras, cuyo dominio es también de carácter transitorio. Muchos de los que hoy estamos en la vanguardia revolucionaria, y yo principalmente, tuvimos una posición similar a la de aquellos sectores. No teníamos concepción de Poder el 23 de enero de 1958, ni en julio y septiembre del mismo año. Para mí la democracia representativa, entonces, era lo mismo que lo es hoy para mi amigo. Yo, afortunadamente, me liberé del reformismo para convertirme en revolucionario verdadero. He tomado conciencia y sobre todo, una clara mentalidad de Poder. Igual proceso se ha cumplido en muchos otros; en unos antes y en otros después que yo, como consecuencia de realidades objetivas que la intensa propaganda imperialista no ha sido capaz de ocultar. Abandonar el campo reformista y tomar el revolucionarlo significa decidirse a luchar sin temor alguno, tener seguridad de la victoria y desafiar, cual David, al gigantesco poderío reaccionario, como lo han hecho todos los verdaderos revolucionarios de la historia, incluso los revolucionarios burgueses. En esta conversión juega importante papel la mentalidad de Poder, ya que la conquista de él es la finalidad de todo movimiento político. Las clases hoy reaccionarias, que ayer fueron revolucionarias, son lo que son y fueron lo que fueron, precisamente por su mentalidad de Poder. La tuvieron para conquistarlo a través de la guerra (en Venezuela contra el coloniaje español) y la tienen para tratar de conservarlo, también a través de la guerra. Ayer triunfaron porque eran fuerzas nuevas, nacientes de la sociedad, tenían a su lado el apoyo invencible del pueblo (pardos, llaneros y montañeses ofrendaron sus vidas) y representaban el camino de la independencia; pero ahora serán derrotadas –irremisiblemente vencidas– «porque están divorciadas del pueblo; no importa cuan fuertes aparezcan por el momento, están condenadas al fracaso». El ejercicio del Poder Político es determinante, definitivo en la sociedad. La política no se practica sino a través del Poder, ya sea ésta revolucionaria o reaccionaria, que es en las dos mitades en que ella se divide. En cada etapa histórica hay revolucionarios y reaccionarios; un grueso sector en el medio, sin conciencia propia, vacila a uno y otro lado y se va reduciendo a medida que se desarrolla la toma de conciencia, como producto de la lucha antagónica y los intereses de clase.
Pero al principio [58] de todo proceso revolucionario, el sector intermedio bajo la influencia directa de las clases en el Poder –las clases reaccionarias– hace el juego a éstas, aun cuando trata de salirse de su opresión. No obstante, poco a poco, van tomando conciencia y mentalidad de Poder; se producen importantes desprendimientos que engrosan las filas revolucionarias. En el campo general de la política esto es lo que ocurre con el imperialismo y sus lacayos, que cada día ven reducida su base de sustentación. Después de la Segunda Guerra Mundial el proceso se ha acelerado; el poderío del Campo Socialista ha aumentado grandemente. Han venido desarrollándose revoluciones contra los imperialistas y sus lacayos en vastas regiones de Asia, África y América Latina y las dos terceras partes de la humanidad se han liberado y viven al margen del dominio reaccionario. Esto hace posible, hoy en mejores condiciones que ayer, el avance y la victoria revolucionarios de los pueblos subyugados, como Venezuela, aun cuando estén en el área geográfica más inmediata del coloso norteño, y como Cuba, que ya liberada, realiza su revolución socialista a sólo 90 millas del mismo. La liberación de los pueblos colonizados y dependientes está fortalecida por estos hechos. Ya el imperialismo, a pesar de todo su poderío, no es la misma fuerza que era hace veinte años. Su base de sustentación ha venido sufriendo un progresivo descalabro y frente a él se yergue un mundo distinto, en franco ascenso, formidable barrera que en lo político y lo militar, contribuye a atemperar y frustrar, según el caso, la furia del gendarme. Además, en el propio campo imperialista existen extraordinarias contradicciones que restan un tanto de libertad a la acción despiadada y hacen que los imperialistas no puedan desbordarse a sus anchas. La situación mundial es cada vez más favorable al progreso de los pueblos. Al lado de la conciencia y decisión que se opera en cada uno de ellos para sacudir las cadenas del colonialismo y la opresión; todo un conjunto de realidades convierte la causa revolucionaria en empresa invencible, con el apoyo moral y material de todos los países amantes del progreso y la paz. Los pueblos colonizados, oprimidos, mediatizados en el ejercicio de su soberanía y desarrollo no se encuentran solos. Su lucha no constituye una causa aislada sólo a expensas de sus propios medios y recursos. Así como existe un campo reaccionario mundial, donde los opresores se dan las manos, se apoyan mutuamente y mueven sus fuerzas integrales en torno a la conservación de su dominio; hay un campo revolucionario [59] mundial, donde los pueblos hacen efectiva la solidaridad militante.
Esta circunstancia, la de las nuevas realidades del mundo, explica elocuentemente la razón de la derrota imperialista en Viet-Nam, donde 400.000 efectivos de las Fuerzas Armadas norteamericanas de aire mar y tierra no han podido siquiera aminorar el empuje victorioso del movimiento guerrillero, convertido en Guerra del Pueblo; porque los 40.000 efectivos militares desembarcados en Santo Domingo, ante el repudio universal, fueron incapaces de reponer en el gobierno a los gorilas de Wessin Wessin e Imbert Barrera; y porque el bloqueo imperialista contra Cuba –uno de los más enérgicos impuestos en la presente época– no ha podido surtir los efectos previstos por el Pentágono y el Departamento de Estado yanquis. Ningún pueblo en proceso de liberación puede ser contemplado librando una lucha aislada; donde dos fuerzas o dos ejércitos beligerantes, como un conejo y un tigre, combaten ante la mirada impasible de los demás. Creerlo así sería un grave error que conduciría al oportunismo y la resignación. La lucha revolucionaria de hoy –así tenemos que verla– es una lucha de todas las fuerzas progresistas del mundo, de carácter complementaria, que se extiende y consolida, como unidad dialéctica, en una situación de gran auge popular y donde las condiciones objetivas de cada país constituyen el elemento principal. Ya en América Latina, como en la primera década del siglo pasado, son varios los países que han iniciado su lucha a fondo contra el coloniaje. Tres de los países bolivarianos (Venezuela, Colombia y Perú) y otros como Santo Domingo, Guatemala y Paraguay, han tomado el verdadero camino de la revolución liberadora, en cuyo centro se alza el principal instrumento de Poder: las fuerzas armadas de liberación. A medida que esta lucha se incrementa y van apareciendo nuevos focos en otros países y los movimientos de liberación en África y Asia continúan su desarrollo, al imperialismo se le reducen aún más sus posibilidades de dominio. Y los problemas que ya confronta el gobierno norteamericano con su pueblo, como consecuencia de la Guerra de Viet-Nam (mayores impuestos y mayores necesidades de reclutamiento) se multiplican extraordinariamente. Todo el ejército norteamericano de hoy sería insuficiente para distribuirlo como fuerza de ocupación en la extensa geografía sacudida por la revolución. Venezuela es un importante factor del campo revolucionario mundial. Su lucha de liberación es complementaria con la de otros pueblos en trance similar. Una es necesariamente, querámoslo o no, continuación de la otra. [60]
Y aunque cada país, como el nuestro en este caso, actúa conforme a sus propias realidades y realiza el tipo de revolución que históricamente le corresponde, no puede eludir, ni ello sería correcto, su integración con otros movimientos similares. No es culpa de los revolucionarios venezolanos que su lucha sea en primer término contra los imperialistas, en lo cual guarda perfecta identidad con las luchas que se realizan en Viet-Nam, en Angola, en el Congo o las que se libraron en Cuba y en Argelia. La culpa en este caso es de los imperialistas, que no han respetado fronteras ni continentes para extender su explotación. Venezuela lucha hoy contra el yugo norteamericano, como lo hizo ayer contra el coloniaje español; como lo hicieron los norteamericanos contra la dominación inglesa y los brasileños contra el imperio portugués. Hay gente todavía apegada a las teorías del fatalismo geográfico que creen el mundo en la época de la Doctrina Monroe, cuya síntesis de «América para los Americanos» constituía el reflejo de una situación completamente distinta, en la cual nuestro continente tenía que protegerse contra la expansión imperialista europea; en un mundo de grandes distancias y con rudimentarios medios de comunicación. Esta circunstancia, totalmente superada por los cambios ocurridos como consecuencia de la ubicación del enemigo común en nuestro propio continente; del progreso de la ciencia y la técnica que prácticamente ha eliminado las distancias; del dominio por el hombre, de armas intercontinentales que funcionan a control remoto, con un alto poder de destrucción; y el fortalecimiento del campo de los países liberados y socialistas con una población que supera las dos terceras partes de la humanidad, coloca a dicha gente en un mundo incierto, de espaldas a la realidad; dentro de una concepción política equivocada que sólo contribuye a apuntalar la dominación colonial y su secuela de subdesarrollo, explotación y miseria. Las tesis de la geopolítica han sido superadas por la dinámica de la historia. Los propios imperialistas norteamericanos han borrado las fronteras continentales. El Presidente Johnson ha dicho recientemente –por si alguna duda quedara– que las fuerzas militares de Estados Unidos estarán presentes en cualquier área del mundo, en cualquier país, donde esté en «peligro la libertad frente a la agresión comunista». Esta agresiva conducta del imperialismo yanqui revela francamente la quiebra de los esquemas intercontinentalistas. Para el gobierno norteamericano lo mismo da que Venezuela o Santo Domingo estén geográficamente ubicados en [61] América, que si lo estuvieran en la Conchinchina (región que hasta hace poco era sinónimo de insondable lejanía) como lo están Viet-Nam, Camboya y Laos. El análisis del conjunto político mundial; de la correlación de fuerzas internacionales es elemento obligado para el estudio de nuestros problemas como país colonizado, y de sus posibilidades reales para la liberación. Los venezolanos progresistas, cuyos intereses coincidentes con los intereses mismos de la nación, están restringidos en su desarrollo por la desleal competencia del capital y los productos norteamericanos, en primer lugar y, por el control del Poder Político que ejerce la oligarquía criolla, no pueden desestimar en ninguno de sus aspectos la situación presente en el mundo, ni contemplarla en forma simplista o superficial. Es necesario ahondar en el complejo político del momento y mirar hacia el futuro para comprender el panorama promisor que se presenta a nuestro pueblo en su lucha liberadora. A la luz de estos hechos, de las realidades históricas, nadie puede dudar que el camino de la acción revolucionaria, sean cuales fueren las dificultades circunstanciales, es la única vía, la más segura, para el cambio estructural que tiene planteado nuestro país. En la creación de una firme mentalidad de Poder por parte de las clases populares, patrióticas y progresistas, el primer paso es liberarse del fatalismo geográfico y de las tesis de la invencibilidad del imperialismo y demás fuerzas reaccionarias. Y el otro, convencerse definitivamente de que sin la toma del Poder Político no podrá ser realizado ningún cambio que afecte las causas de la crisis nacional. La realización de una Reforma Agraria para liquidar el régimen latifundiario y modificar el actual sistema de tenencia de la tierra –como aspiran los campesinos e importantes sectores afiliados a Fedeagro– no es posible –ello está demostrado en seis años de vigencia de una Ley de Reforma Agraria progresista– sin transformar radicalmente el propio sistema económico y político de la nación; sin cambiar la composición social del gobierno, donde hasta ahora ha predominado el sector partidario del latifundio y la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos. Los hombres que han pasado por el Ministerio de Agricultura y Cría –Instrumento funcional de la Reforma Agraria– en la última década han sido invariablemente representantes de las clases adversas a la Reforma Agraria integral y verdadera; pero aunque perteneciesen a las clases progresistas no podrían hacer nada distinto a lo que se ha hecho, debido a que [62] la política agraria no es una parte independiente del complejo económico nacional. Ella forma en un todo, en un sistema, en una unidad indestructible, que comprende inseparablemente el conjunto de la actividad gubernamental en función del control del Poder Político por parte de las clases reaccionarias. Lo mismo ocurre con el desarrollo industrial del país. Ningún cambio podrá operarse en este importante rubro de la economía nacional que no sea consecuencia de la modificación de todo nuestro sistema de dependencia. Los planteamientos nacionalistas que desde la fundación de Pro-Venezuela vienen ratificando muchas de las organizaciones miembros, quedarán, como han quedado, sustancialmente en el vacío. No se puede pretender que la industria venezolana sea distinta a la de una simple factoría substitutiva de importaciones, sin profundizar, para erradicarlas, en las causas que la mantienen relegadas a esa función. El imperialismo que tiene en Venezuela uno de los más importantes mercados de América Latina, y la burguesía importadora que deriva jugosas ganancias de su actividad intermediaria, no podrán nunca, por sí solos, auspiciar desde el Poder, cuyo control ejercen hegemónicamente, una modificación que remotamente pueda significar perjuicio o desaparición de tales privilegios. El actual Ministro de Fomento que cambió su profesión de obrero y linotipista por la de abogado; de origen social distinto al de los oligarcas, fundador y dirigente de uno de los partidos autollamados de izquierda, y Secretario General de Pro-Venezuela –asociación abanderada del desarrollo industrial independiente– hasta su arribo al cargo que desempeña, no ha podido jugar otro papel que el que corresponde como integrante de un gobierno entreguista, mediatizado por los sectores más reaccionarios y vinculado a los intereses del gran capital venezolano y extranjero. Como la política industrial es también parte integrante del complejo económico bajo el control del sistema colonial, el Ministro de Fomento, a la manera de los anteriores, pertenecientes a clases y partidos diferentes, ha tenido que someterse, a riesgo de su posición gubernamental, el conjunto predominante en la composición clasista del gobierno. Ninguno de los problemas que afectan a nuestro país y a las clases populares y progresistas (concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos, bajo desarrollo industrial, desempleo, atraso técnico y científico, sub-alimentación, reducido mercado de consumo; falta de viviendas, escuelas, centros de salud y hospitales; bajo salario real; explotación [63] extranjera de las principales fuentes de riqueza; soberanía mediatizada, &c., &c.), pueden ser resueltos sin modificar todo el complejo nacional, o lo que es lo mismo: sin erradicar sus causas. No se trata, pues, de cambios periféricos, de modificaciones superficiales en el equipo gobernante que podrían ser logrados a través de las formas tradicionales de la lucha política, «sin violentar el estado actual de cosas»; «sin chocar de frente contra las fuerzas opresoras»; «en un proceso a través de la evolución del estado actual que transforme progresivamente el régimen de las instituciones políticas...» La propia experiencia, además del estudio de la teoría política, demuestra que a esta altura de la historia, nada tiene que buscar nuestro país en el cambio de una camarilla por otra; o de un partido o grupo de partidos por otro partido o grupo de partidos. Lo que se trata de lograr es un cambio revolucionario, de fondo, en la composición social del gobierno que sea capaz de modificar las estructuras mismas del país y consolidar un régimen independiente, liberado del imperialismo y la oligarquía. La magnitud y causas de los problemas nacionales requiere, sin duda, la conquista del Poder por una alianza de las clases populares, democráticas y progresistas, con fuerza suficiente en lo político y lo militar, para hacer frente a las fuerzas de la reacción. Está demostrado –y la mayoría de los densos sectores del país así lo acepta– que Venezuela vive una crisis integral y progresiva cuya gravedad requiere grandes esfuerzos para ponerle fin. Ni la Alianza para el Progreso, ni las reformas circunstanciales han podido conjurar el tremendo mal. Sin embargo muchos sectores, conscientes de la necesidad revolucionaria, no acaban de salir del campo de la influencia reformista, de las ilusiones, contribuyendo con su actitud a la prolongación en el tiempo de la situación que agobia el país. Creen, ingenuamente, todavía –y ello es consecuencia de una indefinida mentalidad de poder– que existen otros medios para resolver los problemas nacionales, sin necesidad de exponer sus vidas, su libertad y sus intereses específicos. No es posible continuar engañados o seguir viviendo en el mundo de las ilusiones. La revolución tiene que hacerse cueste lo que cueste; sean cuales fueren los peligros y dificultades a que haya que exponerse; de lo contrario, el proceso de pauperización, de desaparición de las pequeñas empresas absorbidas por el capital monopolista, continuará su pendiente ineluctable, con su corolario de desempleo, atraso y miseria. La burguesía nacional (agraria e industrial), la pequeña burguesía (estudiantes, [64] profesionales, pequeños comerciantes y empleados), junto con la clase obrera y campesina, cuya vanguardia avanza, por el camino de la insurrección armada (Guerra del Pueblo), deben aglutinar, como una sola voluntad, el frente liberador, fuerza decisiva para la victoria. Las clases populares, democráticas y progresistas de Venezuela, víctimas de la explotación del imperialismo y la opresión oligárquica, han llegado justamente a la encrucijada: o se resignan a prolongar su existencia en un campo de acción cada vez más restringido como consecuencia del progresivo empobrecimiento del país y de la crisis general que lo sacude; o se deciden abrirse paso a través de la lucha revolucionaria, para conquistar una vida mejor, libre de explotación y opresión, en un país cuyas grandes riquezas en sus manos abriría inmensas perspectivas de desarrollo y progreso. Los dos caminos que se marcan en la actual encrucijada histórica Polarizan las dos políticas en pugna: la política reaccionaria y la política revolucionaria. Una en descenso vertiginoso, sostenida por fuerzas agonizantes sin otro asidero que el de sus propios instrumentos de Poder; la otra, en flujo permanente, conducida por fuerzas nuevas en pleno desarrollo y vigor, que como torrente desbordado se abren sus propios cauces y arrasan con todo lo que pretende detenerlas. Nuestro país y nuestro pueblo viven el momento de una crisis revolucionaria, donde los viejos esquemas políticos sufren el impacto desgarrante de la lucha entre lo caduco que se empeña en subsistir y lo nuevo que nace y crece con inusitado vigor. Esta lucha entre la vida y la muerte lo disloca todo. La proliferación de partidos políticos que para unos es expresión de estabilidad, constituye sólo el producto de la propia crisis revolucionaria, donde cada sector se sumerge en la búsqueda de su propia razón y trata de romper con el pasado moribundo. Cada cual se propone encontrar la verdad. Unos, se alinean sin haberla hallado y se colocan todavía en el terreno movedizo de la vacilación; ignoran aún el fondo de la crisis y no comprenden las verdaderas causas que la alimentan. Otros, los que toman plena conciencia y cobran mentalidad de Poder –comprender lo que éste significa como instrumento de clase– se deciden a luchar y toman el camino de la política revolucionaria. El progreso de Venezuela está indudablemente ligado a su liberación nacional y ésta no puede obtenerse sino a través de la acción revolucionaria; de la lucha decidida y a fondo contra el opresor común. Las clases [65] progresistas, en consecuencia, han de tomar necesariamente este camino; es decir, decidirse a luchar y para ello es indispensable saber que «cuando existe la necesidad de un cambio –como el que está planteado a Venezuela– éste se hace irresistible y, quiérase o no, se produce tarde o temprano». Sólo si se tiene conciencia de que así ocurrirá, y de que los enemigos, por más poderosos que aparezcan en el momento de iniciar la lucha, serán vencidos, se podrá dar el paso correspondiente y despreciar, en lo general, a los imperialistas y demás reaccionarios. Ya dijimos que en Venezuela existen, como en el resto del mundo, dos políticas: una revolucionaria y otra reaccionaria. La primera significa, en nuestro caso, la liberación antiimperialista y antifeudal, el progreso social y el desarrollo económico; la otra, coloniaje, opresión, atraso, tiranía, miseria... Existen también dos fuerzas: la revolucionaria, patriótica o progresista; y la reaccionaria, conservadora o colonialista. Y en el centro, un denso sector que vacila hacia uno y otro lado y donde también hay revolucionarios y reaccionarios. Mi amigo y yo estuvimos juntos, ambos con ideas revolucionarias, en el sector del centro. Yo, a pesar de mi juventud, un poco más reaccionario que él. Sus consejos y los libros que puso en mis manos –muy distintos por cierto a los que antes había puesto Jóvito Villalba– me abrieron el camino correcto de la política. Hoy los papeles están invertidos y mi amigo permanece, aunque sin cambiar sus ideas revolucionarias, estacionado en el mismo sector donde lo dejé hace cinco años. Él entiende la necesidad de nuestra liberación; hasta ahora ha sido un fervoroso partidario de la propiedad social de la tierra; del desarrollo industrial independiente; de la democracia y la soberanía plenas. En la manera de plantear el problema venezolano y de precisar los objetivos estratégicos, no hay mayor diferencia entre los dos. Tampoco la hay entre quienes impulsamos el cambio histórico por medio de la Guerra del Pueblo y los que aún no se han decidido a tomar este camino, permaneciendo bajo la influencia de la ideología reformista y bajo el terror que proporciona el poderío relativo de la reacción nacional e internacional. El imperialismo y la oligarquía (es la tesis reformista) cuentan con una inmensa fuerza que irremisiblemente será empleada contra cualquier insurgencia de signo revolucionario o contra cualquier gobierno que trate de modificar la presente situación. [66]
Lo uno y lo otro lo han hecho ya en nuestro continente y fuera de él. Lo hicieron en Cuba y fracasaron. Lo hicieron en Santo Domingo y no lograron plenamente sus objetivos. Lo hicieron en Brasil y se impusieron. El imperialismo no ha descansado un solo instante en su conducta agresiva contra Cuba. Desde el mismo momento que el gobierno revolucionario dio el primer paso hacia el rescate de sus riquezas explotadas por los monopolios norteamericanos y ahondó en la realización de una Reforma Agraria integral, para romper el sistema de tenencia de la tierra y liquidar el latifundio, se puso de manifiesto la reacción contrarrevolucionaria. La conspiración militar interna (Díaz Lanz, Urrutia y Hubert Matos); el sabotaje (incendio de El Encanto, explosión del vapor La Coubre, &c.) el asesinato de trabajadores revolucionarios (Conrado Benítez, Ascunce Domenech y otros); la invasión de Playa Girán, preparada, armada y financiada por el Departamento de Estado y la Central de Inteligencia en Estados Unidos y Nicaragua; la expulsión de Cuba de la OEA y la ruptura multilateral de relaciones diplomáticas y comerciales impuesta por el gobierno de Estados Unidos a los países latinoamericanos; y el bloqueo general, son expresión concreta, hechos indubitables, de una constante represiva. Tal cadena de acontecimientos, unida a otros hechos, se ha producido en dos etapas distintas del régimen revolucionario cubano: la del gobierno democrático burgués, a la caída del tirano Fulgencio Batista, el 2 de Enero de 1959 y la del régimen socialista, proclamado durante la invasión mercenaria, en Abril de 1961. La transición del gobierno democrático-burgués al régimen socialista fue consecuencia directa de la radicalización popular frente a la agresión imperialista y producto de la firmeza revolucionaria de los nuevos gobernantes encabezados por Fidel Castro. Pero en su actitud agresiva y confusionista, las fuerzas reaccionarias jamás han hecho diferencia. Y cuando se dice que el gobierno de Estados Unidos no permitirá la aparición de una «nueva Cuba» en el continente no se refiere sólo a la presencia del socialismo, sino al triunfo de cualquier movimiento de liberación nacional bajo el régimen revolucionario democrático-burgués. No es al comunismo exclusivamente lo que combaten las fuerzas reaccionarias, como quieren hacerlo ver a todo trance, sino a la liberación de los pueblos para poner fin a la explotación y el coloniaje. «A los imperialistas los tendría sin cuidado que nosotros –dijo Raúl Castro el 1º de Mayo de 1959– izáramos en el mástil del Capitolio Nacional [67] la bandera roja con la hoz y el martillo y no realizáramos la Reforma Agraria ni pusiéramos en marcha una política que afecte los grandes intereses norteamericanos en nuestro país». Y es que lo formal tiene sin cuidado a los reaccionarios, aun cuando aparezcan muy apegados a ello. Lo sensible, en todo caso, son sus intereses que garantizan a través del dominio político y económico sobre los pueblos débiles. El gobierno cubano se ha caracterizado precisamente por los hechos, por la acción directa contra el coloniaje y la opresión imperialista. De ahí la sañuda actitud de Estados Unidos frente a la revolución. Sin embargo, como los hechos y no lo formal es también lo que galvaniza la voluntad popular, Cuba no ha podido ser derrotada y su pueblo avanza hacia la construcción de una nueva sociedad. Son ocho años de lucha abierta, feroz, por parte del imperialismo contra el pequeño país cubano, en los cuales no ha habido la menor tregua. Todo el poderío de la reacción ha estado frente a aquel pueblo sin poder doblegarlo. Los fracasos de las fuerzas reaccionarias indican claramente que no es posible derrotar a un pueblo cuando éste se decide a luchar. En las circunstancias históricas presentes, con un mundo donde el conjunto de las fuerzas revolucionarias es superior a las de la contrarrevolución, ningún pueblo que tome la ruta de su liberación podrá ser derrotado, independientemente de la ubicación geográfica o cualesquiera otros factores circunstanciales. Vo Nguyen Giap en su libro Viet-Nam: Liberación de un pueblo, dice: «La guerra de liberación del pueblo vietnamita ha contribuido a poner en evidencia esta nueva verdad histórica: en la coyuntura internacional de hoy, un pueblo débil que se levanta y combate resueltamente por su liberación es capaz de vencer a sus enemigos cualesquiera sean y lograr la victoria final...» Los imperialistas han fracasado en Cuba –ésta es la lección que debemos extraer– porque el pueblo insular, mayoritariamente consustanciado con los fines de la revolución y favorecido por su política liberadora, ha resuelto perecer antes que regresar al estado de explotación y miseria en que vivía; además, porque no se ha hallado solo, abandonado a su propia suerte, en la valiente lucha que libra día a día contra el inmenso poderío reaccionario. En todo momento ha tenido el apoyo del mundo socialista y de los pueblos amantes del progreso. Y, por otra parte, se han reflejado [68] en su favor las grandes contradicciones existentes dentro del propio sistema imperialista mundial. La confirmación de que los imperialistas y demás reaccionarios sólo utilizan su lucha anticomunista como pretexto, como cortina de humo para ocultar sus verdaderos designios, está presente en el caso de Santo Domingo, donde la lucha por el retorno a la constitucionalidad democrática es totalmente distinta a la que libra el pueblo cubano en defensa de su régimen socialista. En la República Dominicana el gobierno de Estados Unidos ha quedado una vez más al descubierto. Muchos gobiernos cuya actitud violatoria del principio de la libre autodeterminación de los pueblos podrá explicarse respecto a Cuba, donde el Poder lo ejerce el Partido Comunista, tuvieron que asumir una conducta diferente ante la burda intervención militar norteamericana en la otra Isla del Caribe, conducta que contribuyó a robustecer la firme posición del pueblo dominicano que, con las armas en la mano, impidió el retorno al gorilismo militar. Los infantes de marina norteamericanos y los batallones aerotransportados no fueron a Santo Domingo a salvar vidas, como lo dijo recientemente el líder constitucionalista, coronel Francisco Caamaño Deñó. Su objetivo era restituir en el gobierno a la camarilla militar de Wessin y Wessin, o en ultimo caso, la de Imbert Barrera; impedir la restauración constitucional y el regreso de Juan Bosch a la presidencia de la República, cargo para el cual había sido electo en comicios democráticos. No se trataba de una insurgencia revolucionaria de signo comunista o siquiera de un firme movimiento de liberación nacional. El objetivo inmediato era el retorno a la normalidad constitucional, a la legalidad democrática, interrumpida en 1963 por un golpe de cuartel a cuya cabeza estuvieron Imbert Barrera y Wessin Wessin. Juan Bosch es un político reformista y no un revolucionario. Su gobierno se caracterizó por querer hacer realidad la democracia representativa, realizar algunas reformas, muy tenues por cierto, en los esquemas del desarrollo económico y social; y mantener el imperio de las libertades públicas. La Constitución de 1962 ampara el libre juego de las ideas políticas dentro del régimen democrático y abre las puertas a determinadas modificaciones en el régimen de tenencia de la tierra y el desarrollo económico del país. La aplicación de dichas reformas por parte del gobierno legítimo, bastó y sobró para que los gorilas militares, bajo el pretexto de la amenaza [69] comunista frente a la debilidad del Presidente Constitucional, echaran a éste del Poder y establecieran, una vez más, la dictadura. La más reaccionaria camarilla militar dominicana, con el apoyo directo de la oligarquía y el imperialismo, puso fin por la fuerza al primer ensayo democrático después de 30 años de Poder omnímodo en manos de «Chapitas» Trujillo. Las fuerzas antipopulares y colonialistas, cuyas maniobras en el proceso electoral se quebraron contra la voluntad mayoritaria del pueblo dominicano, expresada en los votos en favor de Juan Bosch (como manifestación de la soberanía popular) no tardaron mucho en imponer por la violencia, con el beneplácito y solidaridad del gobierno de Estados Unidos, la opresión de su política reaccionaria. Las fuerzas populares y democráticas no se cruzaron de brazos frente a la usurpación. En abril de 1965 reaparecieron en escena, en alianza cívicomilitar que depuso a la junta encabezada por Donald Rey Cabral; convocó el Congreso disuelto en 1963, que de acuerdo con la Constitución nuevamente en vigencia, designó al Presidente provisional de la República, entretanto se produjera el regreso del titular: Juan Bosch. Los sectores reaccionarios de las Fuerzas Armadas bajo el mando del general Wessin Wessin se pusieron de parte de la junta derrocada y se hicieron fuertes en la Base Aérea de San Isidro. Desde allí trataron de aplastar al movimiento democrático. El pueblo fue armado por el régimen constitucional. Esto conjuró cualquier posibilidad de victoria de las fuerzas reaccionarias. Asegurado el triunfo constitucionalista, con el apoyo popular masivo, el gobierno norteamericano invadió la isla; el subterfugio fue evacuar a los estadounidenses residenciados allí y proteger sus intereses. Tomadas posiciones en territorio dominicano, las tropas de Estados Unidos entraron a jugar su verdadero papel al lado de los militares reaccionarios. Primero apuntalaron los reductos de Wessin Wessin y luego, habida cuenta de que la alianza cívico-militar constitución alista no se atemorizó ni cedió un palmo de terreno en su decisión revolucionaria, jugaron la maniobra de un cambio formal. Patrocinaron la integración de una nueva Junta de Gobierno presidida por Imbert Barrera, sin la presencia de Wessin Wessin. La resistencia popular persistió con mayor ardor y heroísmo, alentada en gran parte por el repudio mundial de que fue objeto la agresión militar norteamericana. El imperialismo, cuyas fuerzas habían ocupado largo tiempo el territorio quisqueyano, impuesto y sostenido al tirano Rafael Leónidas Trujillo, tuvo [70] que retroceder y abocarse a la negociación, sin lograr plenamente sus objetivos. El poderío militar norteamericano, desplegado con prontitud, no fue capaz de evitar la derrota de la reacción dominicana que a la postre tuvo que aceptar un gobierno de transición, con prescindencia de los gorilas más connotados; la incorporación al ejército de los oficiales constitucionalistas; la amnistía general; el regreso de los exilados durante el mandato de Rey Cabral, y la libre actividad de todos los partidos políticos, incluso de la extrema izquierda. La crisis dominicana, que aún no se ha resuelto en su fondo, sirvió para terminar de desenmascarar al gobierno de Estados Unidos; para evidenciar, una vez más, que un pueblo decidido a luchar, con la razón política de su parte, no puede ser derrotado. Si alguien quiere dar cariz de victoria a la invasión militar norteamericana a Santo Domingo, no le quedará más remedio que conformarse con una victoria de carácter pírrico: donde las pérdidas fueron superiores a las ganancias. Todos los pueblos latinoamericanos, todas las instituciones progresistas del mundo, se movieron a la vez contra la política intervencionista de Estados Unidos y en apoyo al pueblo ocupado por los infantes de marina. El gobierno de Johnson, incluso dentro de Norteamérica, sufrió una de las más fuertes derrotas morales de los últimos tiempos. El pueblo dominicano, en cambio, recibió vivas manifestaciones de solidaridad y respaldo que lo hicieron más firme en su posición y lo alientan hoy en el camino revolucionario contra la ocupación militar y por la independencia. Allí también se verá, cómo ya ha comenzado a verse, que «ante un enemigo poderoso y agresivo, la victoria sólo se asegura con la unión de toda la nación en el seno de un sólido y amplio frente nacional unido basado en la alianza de los obreros y los campesinos...» En Brasil, como en República Dominicana en 1963, las fuerzas reaccionarias se impusieron. Había también un régimen de cierto signo progresista, expresión del sufragio universal y enmarcado dentro de la constitucionalidad democrática. Joao Goulart, que sustituyó en su carácter de vicepresidente al presidente Jannio Quadros (a quien las fuerzas de la reacción obligaron a renunciar), fue derrocado por los gorilas militares, con el apoyo de Estados Unidos. El pretexto para insurgir contra este otro gobierno constitucional fue el mismo utilizado para derrocar a Juan Bosch: infiltración comunista. Quadros y Goulart, al igual que Juan Bosch y otros políticos tradicionales [71] de nuestro continente (asimilables a algunos de la generación del 28 en Venezuela como Jóvito Villalba) aferrados a su formación dentro de la «cultura occidental», militan en el campo del reformismo; según sus tesis, el progreso de los pueblos «podrá lograrse a través de la evolución del estado actual y, la transformación progresiva del régimen y las instituciones políticas, económicas y sociales». El desarrollo de esta teoría en América Latina, consecuencia directa del fatalismo geográfico, se ha visto constreñida en la práctica por sus mismos creadores (los imperialistas) como ha sucedido en varios países y recientemente en Brasil. Los peligros que se atribuyen a los cambios revolucionarios, frente al «inmenso poderío de la reacción» no desaparecen ni ante la tímida y vacilante esencia de la reforma. Y ésta no logra nuclear las masas populares y fuerzas progresistas para hacer frente, en el momento dado, a las fuerzas reaccionarias que, igual e indistintamente, se oponen a toda manifestación de cambio o avance revolucionario o reformista, capaz de poner en peligro sus intereses o vulnerar sus privilegios de clase. La reacción militar brasileña, al servicio del imperialismo, los latifundistas y la poderosa burguesía intermediaria, no halló la menor resistencia frente al zarpazo consumado. Tanto la política de Quadros como la de Goulart, si bien carecía de contenido revolucionario, introdujo algunas reformas; en lo internacional, estableció relaciones con los países socialistas; y, en lo interno, varias medidas de beneficio para la burguesía industrial y agraria. La nacionalización de ciertas empresas norteamericanas de servicio, y la promulgación, bajo el gobierno de Goulart, de disposiciones referentes al régimen agrario, fueron suficientes para que la alianza oligarquía-imperialista consumara su acción de fuerza. En los gobiernos del tipo de los derrocados en Brasil o anteriormente en Cuba (Carlos Prío Socarrás), en Perú (Bustamante y Rivera y Manuel Prado), en Argentina (Juan Domingo Perón y Arturo Frondizzi), en Venezuela (Isaías Medina Angarita y Rómulo Gallegos), en Chile (Carlos Ibáñez), en Ecuador (Velazco Ibarra y Carlos Arosemena), &c., la reacción, que mantiene en sus manos los principales instrumentos de Poder, entre ellos las Fuerzas Armadas, constituye la fuerza determinante. Los sectores populares y progresistas, cuyo único recurso, en este caso, son las normas del formalismo democrático y la ilusoria majestad de la Constitución, giran a la zaga y bajo la férula de aquélla, que no se detiene ante las formalidades legalistas si se presentan en su contra. [72] Las fuerzas reaccionarias, que saben claramente para lo que el Poder sirve, sólo permiten determinadas libertades cuando éstas no afectan sus intereses y privilegios. En Brasil y en otros países de América Latina han sido derrocados aquellos gobiernos que pretendieron transponer los límites de su verdadera competencia; dar un paso más allá de lo permitido por la reacción. Tales gobiernos, sin una política popular definida para no chocar con los intereses de las clases dominantes, no alcanzan a despertar la Conciencia del pueblo, ni a colocar a su lado los sectores progresistas, para apoyarse en ellos y derrotar el golpismo. Los políticos no revolucionarios creen que todo radica en la mayoría de votos acumulada para ganar el gobierno; consideran que si se perfila un régimen democrático representativo y se le orienta hacia la vigencia absoluta de la ley, nadie se atrevería a desafiar la ley. No acaban de comprender –ello se expresa a través de todas sus manifestaciones– que para ejercer el Poder real se necesita una fuerza capaz de enfrentarse con éxito y derrotar a las clases reaccionarias afectadas por el cambio constitucional. Esta es precisamente la diferencia hallada por el imperialismo y demás fuerzas reaccionarias en los casos de Cuba, Santo Domingo y Brasil. En el primero, el Poder real ha pasado a manos del pueblo; en el segundo, el pueblo ha decidido adquirirlo a cualquier precio y en Brasil, donde el gobierno democrático sólo tenía carácter formal, el gorilismo militar encontró la expedita para imponer fácilmente su voluntad. En el país más grande de América Latina, que tiene el ejército de aire, mar y tierra, más numeroso y 70 millones de habitantes, el imperialismo no tuvo necesidad de mover más de unos cuantos mariscales y generales para poner término a los gobiernos de Quadros y Goulart. En Cuba, por el contrario, el imperialismo ha puesto en práctica todos sus recursos, excepto la agresión militar directa de sus tropas (y esto porque el apoyo popular de la Revolución y la correlación internacional de fuerzas se lo impide), sin poder introducir el más ligero cambio en el rumbo ascendente de la Revolución. Y en Santo Domingo, donde sí apelaron al desembarco de los infantes de marina, la heroica resistencia del pueblo les frustró sus plenos objetivos. Esto parece paradójico; pero para quienes llegan a entender que la fuerza de los pueblos no está en relación exclusiva a su número de habitantes, sino en función de su moral, conciencia y mentalidad de Poder, lo que ocurre [73] en Brasil, Cuba y Santo Domingo, es revelación exacta de la necesidad del Poder Político en manos del pueblo.
Capítulo III del libro inédito de Fabricio Ojeda, Hacia la Conquista del Poder.
Frente de Liberación Nacional
Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN)
18 y 19 de Enero de 1966

Granma. La Habana, Viernes 18 de enero de 1966.
LA LUCHA POR LA LIBERACIÓN DE VENEZUELA
A continuación ofrecemos una versión del documento “¿POR QUÉ LA LIBERACIÓN DE VENEZUELA?”, escrito por el comandante guerrillero venezolano Fabricio Ojeda y en el cual se recogen interesantes aspectos de la lucha que libra el pueblo venezolano, sus antecedentes y el grado actual de desarrollo. La versión de dicho documento ha sido hecha por nuestro compañero de redacción, Enrique Mesa. El comandante Fabricio Ojeda, quien preside el Frente de Liberación Nacional de Venezuela en los estados de Lara, Portuguesa, Barinas y Trujillo, ha hecho un pormenorizado análisis de las causas que han conducido al pueblo hermano a lanzarse a la lucha armada para lograr su definitiva liberación.
En este trabajo del comandante Fabricio Ojeda plantea que “Venezuela es hoy un país en proceso de transformación total. Las fuerzas revolucionarias de vanguardia se han trazado nuevas metas, nuevos objetivos, y a la lucha por los derechos democráticos se ha adicionado un elemento sustancial: la liquidación de la dependencia imperialista y la explotación semi feudal en nuestros campos”.
Democracia formalEn el documento en cuestión, señala el dirigente guerrillero que “las clases dominantes y el imperialismo –su factor principal-, suelen permitir a los pueblos bajo su opresión aquellos procedimientos que apenas inciden en el aspecto superficial del llamado sistema democrático. Mientras los grupos políticos procuren meramente modificar determinados factores que no toquen la esencia misma del régimen económico social de dependencia, mientras estos grupos no representen ninguna amenaza para contra la dominación imperialista, feudal y oligárquica, se les concede beligerancia legal que les permite dirimir sus diferencias bajo el amparo de los “derechos del sistema democrático”.
Completando esta parte de su enjuiciamiento Fabricio Ojeda apunta que “cuando la lucha de liberación propone cambios dentro de las estructuras económicas y sociales para transformarlas, cuando se va a lo profundo del problema y se combate por erradicar las causas de la explotación y convertir la democracia formal en un régimen democrático real y efectivo, sin injusticias ni privilegios, entonces la violencia del Estado, el poderío represivo del imperialismo, la dictadura, en una palabra, se hace sentir con toda su fuerza. Los ciudadanos y grupos que actúan bajo la nueva orientación política son colocados “fuera de la ley”, perseguidos, humillados y encarcelados. Las clases opresoras prescinden de las formalidades y aparecen en toda su desnudez; los derechos “democráticos” desaparecen y ceden paso a la dictadura de la clase que se ejerce a nombre de la democracia y el derecho”.
Alternativa ineludible
Tras una breve síntesis de hechos que fueron proporcionado el acercamiento de la lucha popular como consecuencia de la política de traición nacional seguida por los gobernantes de turno y el agravamiento de los problemas sociales en el país, el hecho mismo “de que Venezuela sea un país dependiente, donde el imperialismo aplica un régimen neocolonial, plantea históricamente a los sectores patrióticos una alternativa ineludible: LA LIBERACIÓN NACIONAL”.“Hasta ahora –agrega Fabricio Ojeda-, el proceso político se había caracterizado en nuestro país, como en la mayoría de las naciones latinoamericanas, por la lucha contra la camarilla gobernante. Se creía que un cambio en el equipo de gobierno podía llevar al establecimiento de un régimen democrático el cual sería a la vez un instrumento para la transformación económica y social. La democracia representativa tenía vigencia en cada alternativa de la lucha contra las dictaduras tradicionales. En Venezuela, a un relámpago democrático, ha seguido una prolongada tempestad de represión; cuando las masa populares han querido sacudirse y romper las coyundas que las asfixian, la espada ha caído inmisericordemente contra sus atormentadas espaldas...” Además, “la llamada democracia representativa no ha sido otra cosa que la dictadura de las clases poderosas, ejercida bajo una serie de normas dictadas por esa mismas clases para su propio beneficio y su utilización en resguardo de sus grandes intereses económicos y políticos”.
Opresión imperialista
Gran parte del trabajo de Fabricio Ojeda está dedicado a la denuncia del sistema imperialista como causante de los males que sufre Venezuela. “No hay ningún problema –dice en una parte del documento-, por más nimio que parezca, donde no se observen las manos del imperialismo. El subdesarrollo económico, el desempleo la carestía de la vida, la falta de viviendas, el bajo nivel educacional, la carencia de la asistencia médica adecuada, en fin, los innumerables males que agravan la existencia de nuestro pueblo, tienen su origen en la explotación imperialista y feudal de las fuentes de riquezas nacionales”. Y agrega: “Los millones de bolívares que año tras año franquean las fronteras venezolanas por concepto de utilidades que exportan los monopolios extranjeros, podrían muy bien ser utilizados para el progreso patrio. Venezuela tiene suficiente riquezas para ser una nación de economía, con un elevado nivel de vida para las clases trabajadoras. Aquí no hay lugar para la miseria, el hambre y la incultura. Utilizando solamente los recursos provenientes del petróleo y del hierro podrían borrarse de la faz de nuestro suelo todos los males y penurias. Serían miles de millones de bolívares que cada año, en vez de ir a parar a los bolsillos de unos pocos, podrían convertirse en fábricas, escuelas, hospitales, viviendas, carreteras, fundos agropecuarios, universidades, liceos, institutos tecnológicos, etc., lo cual significaría un vuelco en la actual situación venezolana. Ninguna cabe sobre el peculiar”Consecuencia del sistema
Al ofrecer un cuadro de la actual situación económica y social de Venezuela, viene a la mente la situación de todos los pueblos hermanos del continente. Dice Fabricio Ojeda al respecto:“En Venezuela miles de niños mueren cada día a consecuencia de enfermedades curables; miles de hombres y mujeres en plena juventud a causa de la desnutrición; millares de inteligencias se pierden para la vida en medio de la ignorancia y del analfabetismo; centenares de miles de campesinos están al margen de la ciudad en busca de empleo y mejor estado de vida; la mayoría de nuestra población está subalimentada y se debate bajo el peso de grandes problemas sociales cuya solución se posterga indefinidamente; la industria nacional solo produce la mitad de su capacidad instalada; la agricultura y la cría permanecen retrasadas y en crisis; el comercio no importador y detallista sufre el peso de la competencia; los trabajadores perciben salarios de hambre; la juventud carece de centros educacionales suficientes para su formación cultural y profesional...”Luego como solución a estos males, propone: “Pensemos seriamente en estos miles de vidas que se pierden, en aquellas que caducan prematuramente y veremos como la liberación –con todos los riesgos y sacrificios que cuesta conquistarla-, se hace ineludible. La experiencia de otros pueblos y la del nuestro mismo demuestra que sin liberación de la explotación imperialista, que sin rescatar para el pueblo las riquezas explotadas por los monopolios extranjeros y sin una justa distribución de la tenencia de la tierra y los recursos económicos, nada puede hacerse realmente para resolver, los ingentes problemas que agobian a la nación y al pueblo: Si se quiere ahorrar vidas y sacrificios a las clases humildes ya al país, no se puede vacilar en el camino de la liberación antiimperialista”.Y agrega: “No es posible detenerse a pensar que una lucha de esta magnitud puede ser semillero de victimas, fuente de grandes sacrificios. Ninguna empresa histórica como la que Venezuela tiene planteada puede ser construida sin pérdidas de vidas. Desgraciadamente ello es así: lo impone la violencia bestial de quienes no aflojan voluntariamente sus presas. Pero esta pérdida de vidas no se podrá evitar, ni siquiera sentándose a esperar que un ángel milagroso resuelva beatíficamente nuestros grandes problemas. Tal espera serviría solamente para que los años transcurriesen en forma indefinida y prolongar en el tiempo sus efectos: que centenares de miles de hombres, mujeres y niños continúen cayendo acribillados por el hambre las enfermedades y la miseria”.
La liberación es inexorable
Luego proclama: “la liberación del pueblo venezolano es inexorable: tarde o temprano habrá que enfrentarse con mayor decisión a esta alternativa : mientras más se retarde el incremento de la lucha para conquistarla, mayor será el número de víctimas a causa de nuestra situación de muerte y represión, en el cual nosotros quisiéramos sinceramente –lo hemos demostrado hasta la sociedad-, que en la lucha por liberación nacional no cayera un solo muerto –ya han caído bastante-, ni una sola persona fuera privada de su libertad. Mas ello no depende de nuestra voluntad. Los muertos y los presos, son muertos y presos del imperialismo, de las clases opresoras –como los niños que mueren diariamente sin asistencia-, que jamás permitirán a los pueblos lograr su felicidad y bienestar a través de la pacifica autodeterminación. Es un axioma, al menos para los países coloniales, neocoloniales o dependientes, que el imperialismo amenazado reacciona cada vez más agresivo y sanguinario y que al ver en peligro sus intereses, su dominación política y económica, apela a todas sus fuerzas para tratar de conjurarlo.
La invasión a Santo Domingo y la reciente resolución de la Cámara de Representante de los Estados Unidos de Norteamérica es buena prueba de ello”.Al definir las posiciones de las guerrillas venezolanas al respecto, dice Fabricio Ojeda: “No somos cultores de la guerra. Amamos la paz tanto como amamos la vida. Pero una paz garantizada por la dominación imperialista, una paz producto de la explotación y la miseria, una paz bajo el peso de la ignorancia, es una paz más sangrienta que la guerra. En ésta, transitoriamente caen unos pocos, muchos tal vez. En aquella, las victimas son más numerosas y permanentes, son sus características irremisibles...” Y al preguntársele, ¿por qué entonces la liberación con todos los riesgos, dificultades, víctimas y sacrificios que su lucha conlleva?, Fabricio Ojeda responde:“Porque es la única alternativa para garantizar el desarrollo económico y el progreso social de la nación y el pueblo venezolano; única manera de rescatar las riquezas nacionales para convertirlas en fuente de bienestar y felicidad colectiva; única garantía de paz, de libertad, de justicia; único medio para ahorrar vidas y mayores sacrificios a las clases populares; único instrumento para incorporar a la civilización y hacerlo sujeto de sus adelantos científicos y técnicos, a miles y miles de hombres, mujeres y niños que se arrastran bajo el fardo de las enfermedades, la ignorancia, la subalimentación y la miseria; porque es lo único que permitiría a Venezuela ejercer su autodeterminación y su plena soberanía: porque es la única alternativa realmente democrática y patriótica”.“El precio de la liberación nacional es elevado –concluye esta parte del trabajo de Fabricio Ojeda- pero a la postre remunerador”.
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Granma. La Habana, viernes 19 de enero de 1966.
El anticomunismo, esgrimido por el imperialismo y la reacción en Venezuela, es tema que trata ampliamente el comandante Fabricio Ojeda en el documento en que enjuicia la actual situación venezolana, sus antecedentes y su futuro. Dice al respecto Fabricio Ojeda que “quienes no militamos en el Partido Comunista, pero a quienes no corroe el virus anticomunista, podemos analizar con imparcialidad y reposo este fenómeno” Luego señala que “el hecho de que en Venezuela el Partido Comunista y el MIR (ambos marxistas-leninista), tengan una política de liberación nacional, una línea coincidente con el pensamiento de densos sectores de nuestro país, no comunista” Y argumenta: “Esta realidad no es, a nuestro juicio, producto de ninguna maquinación diabólica, de nada inconfesable. Ella es resultado de la historia, de las leyes sociales que rigen el desarrollo de la humanidad. Científicamente hablando, Venezuela no tiene planteada en estos momentos una revolución comunista, ni siquiera un cambio inmediato de tipo socialista. No queremos decir que ello nunca estará planteado; pero lo que nos interesa por ahora, en búsqueda de la verdad, es que no estamos ante tal situación. Y son precisamente los comunistas quienes sostiene esta tesis en primer lugar. Lo hacen, creemos sinceramente, porque es la verdad histórica, la verdad científica”.
“La lucha revolucionaria de Venezuela –agrega-, tiene en esta etapa histórica su fisonomía: es una lucha de carácter antiimperialista y antifeudal, una lucha de liberación nacional. De ella no puede ser excluido de antemano ningún venezolano, ningún grupo de venezolanos. Lo que interesa es su posición frente a las corrientes en pugna, a los intereses en juego, su comportamiento ante los oprimidos y los opresores; su sinceridad patriótica será lo que en definitiva determine su participación o exclusión del movimiento liberador, sean comunista, no comunista o anticomunistas”. Mas adelante da a conocer que “a pesar de la propaganda en su contra, a pesar de las tergiversaciones y de haberse querido minar su base de sustentación apelando a las invalorables maquinaciones del anticomunismo, el movimiento revolucionario venezolano es una fuerza en ascendente desarrollo hacía la victoria”, donde “el pueblo toma progresivamente mayor conciencia de la realidad nacional y cada vez el “fantasma comunista” asusta a menos gente. Cada día la heterogénea incorporación clasista a la lucha por la liberación nacional rompe los cartabones que el imperialismo ha levantado”. “Hoy, comunistas y no comunistas –dice Fabricio Ojeda-, patriotas todos, se dan la mano en un haz de sacrificios y dificultades, portando el estandarte común de la dignidad, el progreso y la soberanía”.
Venezuela y el mundo de hoy
Después de fijar su criterio sobre el carácter del proceso revolucionario en Venezuela, Fabricio Ojeda habla de la inevitable influencia que unas revoluciones ejercen sobre otras. Al respecto dice que “nadie puede negar que un vendaval de transformación sacude hoy al mundo. Hay un sistema revolucionario mundial y un sistema reaccionario mundial. También los hubo ayer cuando nuestros libertadores abrevaron en las fuentes de la revolución francesa para canalizar su vocación patriótica”.“Nos acusan de extranjerizantes –dice- cuando precisamente lo que queremos es rescatar nuestras riquezas nacionales de manos de los monopolios extranjeros que las explotan para su exclusivo beneficio. Nos tildan de agentes de potencias extranjeras, cuando solo aspiramos devolver a la Patria su plena soberanía, conquistar la independencia nacional”. “En la Rusia de principios de siglo –dice en otra parte del documento-, había condiciones revolucionarias que correspondía a la Rusia de principios de siglo. En la Cuba de la década pasada, había condiciones para la revolución que los cubanos impulsaron. En la Venezuela de nuestros días, hay condiciones que avalan el proceso revolucionario que los venezolanos llevamos adelante. Ahora, que las causas de una y otras revoluciones sean las mismas: la explotación, la miseria, el hambre, el atraso, la injusticia, etc., eso no lo discutimos”.La liberación de Venezuela concluye esta parte del documento- no tiene color político. Es una empresa histórica que corresponde por igual a todos los patriotas venezolanos, sean comunistas o no comunistas, burgueses o proletario, pequeño-burgueses o campesinos, civiles o militares, estudiantes o profesionales, jóvenes o viejos. Su origen, profesión o edad no cuentan. Sólo importa su amor a la Patria, al pueblo, al bienestar y a la paz.
El FLN y las FALN
Definiendo las funciones de las organizaciones surgidas de este proceso, dice Fabricio Ojeda que las fuerzas de vanguardia revolucionaria “han creado como instrumento principal de la lucha el Frente de Liberación Nacional, nuevo tipo de organización que recogiendo multitud de experiencias, entre ellas las de la gloriosa Junta Patriótica, se adecua a las necesidades del proceso revolucionario nacional. Como organización rectora, es el FLN el que traza la estrategia y las tácticas revolucionarias, síntesis de la iniciativa creadoras y las ideas de todos sus integrantes, quedando a salvo la autonomía doctrinaria y organizativa de los partidos, sectores o grupos que nutren el frente”.“Todos tienen iguales deberes e iguales derechos –puntualiza-, y para todos existen las mismas oportunidades en relación a su capacidad y su trabajo. En las diversas esferas de la acción revolucionaria, cada cual cumple el papel y las tareas de que sea capaz, sin más limitaciones que las que le impone su propio desarrollo y realidad. Y en su dirección, nadie se arroja apriorísticamente para sí su hegemonía: dirigen los más capaces, los que en la práctica demuestran su eficiencia e idoneidad”.
En relación con las FALN, dice Fabricio Ojeda que “el Frente de Liberación Nacional que traza, dirige y controla la actividad revolucionaria organizada combinando todas las formas de lucha; ha creado para el desarrollo de su línea política organismos subordinados, entre ellos como instrumento fundamental, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), que son su brazo armado. Esta organización se rige por los mismos principios y orientaciones que sustenta el FLN. Es decir, constituye una organización de abierta amplitud, cuyos mandos descansan sobre la responsabilidad de los más capaces, sin tomar en cuenta su procedencia de militancia política”.
El FLN y las FALN –agrega Fabricio Ojeda-, constituyen nuevas formas organizativas, nuevas instituciones heroicas. Con ellas no se pretende sustituir al régimen de partidos ni cambiar unas fuerzas armadas por otras. Ambas organizaciones están abiertas para todos los patriotas, civiles y militares. Nadie, como ya dijimos, sería excluido de antemano. Sólo su conducta determinaría su participación o no en el proceso libertador”.Un gobierno de liberación nacional –agrega-, para poder cumplir su programa de hacer frente a la reacción contrarrevolucionaria, necesita imprescindiblemente de unas fuerzas armadas poderosas, técnicamente preparadas, con oficiales patriotas en sus mandos y donde la superación integral de la institución corra pareja a las grandes tareas que ésta tiene que cumplir como uno de los pilares fundamentales de la nueva situación”.La guerra de liberación nacionalDice Fabricio Ojeda al analizar las causas que condujeron a la lucha armada como medio de lucha, que “continuar en Venezuela la lucha política por los medios de la guerra no fue producto del deseo o subjetivismo de las fuerzas revolucionarias más consecuentes”.Y al respecto señala: “La toma de este nuevo camino –legítimo y justo para todo el pueblo oprimido-, fue resultado de la política discriminatoria y terrorista de los sectores civiles y militares en función de gobierno, obedecido a condiciones objetivas indiscutibles. La ilegalización de importantes grupos de la vanguardia popular, la clausura de numerosos periódicos, la utilización de la violencia para cercenar la democracia sindical, la percusión policial contra la oposición nacionalista, el asesinato de estudiantes y obreros, la aplicación de la torturas físicas, la entrega cada vez más acentuada de nuestras riquezas a la voraz explotación capitalista y oligárquica con su secuela de desempleo, atraso, hambre y miseria; la progresiva violación, en fin, de la Constitución Nacional y los derechos democráticos, colocó al movimiento revolucionario y patriótico en la disyuntiva de renunciar a sus naturales aspiraciones nacionalistas y democráticas u oponer a la violencia del Estado y sus cuerpos represivos una decisión histórica valiente que galvanizara la conciencia nacional y abriera a nuestro pueblo esclavizado una nueva perspectiva de bienestar, de progreso, de paz. El movimiento revolucionario y patriótico, conciente de su responsabilidad y de las grandes dificultades que arreciarían este camino, opto serenamente por la última alternativa”.
Delimita más adelante los factores en pugna: “El combate decisivo está planteado contra la explotación imperialista de nuestras riquezas, contra los que inescrupulosamente le sirven de cómplices. Contra los criminales y torturadores. Contra la camarilla civil y militar más reaccionaria, que en defensa de intereses antinacionales ahoga en sangre a nuestro pueblo”. Y más adelante: La guerra de liberación nacional es la lucha de los venezolanos por la justicia, el progreso, el bienestar y la paz”.
El pueblo vencerá
El último capitulo del documento se refiere a la seguridad en el triunfo final del pueblo. Lo justo de la línea política y el espíritu de superación y de combate arraigados en la conciencia de cada revolucionario, dice Fabricio Ojeda, nos dan la seguridad del triunfo y estamos dotados de la decisión de conquistarlo.
“El pueblo venezolano vencerá –proclama-, porque el programa de liberación nacional es vivencia colectiva en el ánimo y el anhelo de todos los hombres y mujeres revolucionarios, patrióticos y democráticos.
“Porque las contradicciones entre el enemigo imperialista y nuestra nación se hacen más profundas e irreconciliables.
“Porque goza del apoyo y el aliento y la solidaridad de todos los pueblos del mundo, en especial de sus sectores más progresistas y consecuentes.
“Porque se ha dispuesto a combatir la causas de la explotación, el hambre, las enfermedades, la ignorancia y la miseria.
“Porque aspira a un desarrollo económico nacional independiente cada vez más próspero, más robusto.
“Porque lucha por la independencia nacional, la libertad, la justicia, el bienestar y la paz.
“Porque cuenta con una vanguardia armada aguerrida que ha jurado HACER LA PATRIA O MORIR POR VENEZUELA”.

sábado, 18 de abril de 2009

Frente de Liberación Nacional
Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN)
04 de Junio de 1966

CARTA DE FABRICIO OJEDA A FIDEL CASTRO

Fidel Castro:
A Fabricio lo asesinaron de manera ignominiosa el 21 de junio de 1966. Diecisiete días antes, en junio 4 de 1966, escribió Fabricio una carta, me dirigió una carta, que fue posiblemente una de las últimas cosas que escribió antes de morir. Y esa carta, que he conservado sin saber que iba a tener necesidad un día de divulgarla, decía así:
"Estimado amigo: Aquí siempre, como siempre: empeñados en superar el cúmulo de dificultades transitorias para incrementar la lucha sobre bases de mayor seriedad y precisión. En este propósito hemos avanzado un tanto. El paso fundamental ha sido indirectamente a la solución de los problemas de dirigencia, a la estructuración de los organismos nacionales, como son el Comité Ejecutivo del FLN y el Comando Ejecutivo de las FALN, punto de partida para una reorganización general de toda la estructura del movimiento, a cuyos fines se trabaja afanosamente para celebrar cuanto antes una conferencia nacional FLN-FALN, que a manera de poder constituyente se aboque al estudio y análisis de la situación, delibere sobre la estrategia y táctica, sobre la línea política y militar, y dictamine acerca de la constitución efectiva de los organismos de dirección a todos los niveles. En esta forma el movimiento liberador saldrá del estado actual de estancamiento, superará las divergencias y clarificará sus proyecciones históricas; además de consolidar el elemento principal para avanzar, la unidad revolucionaria de las fuerzas revolucionarias.
"Nuestro empeño de orientar la lucha sobre nuevas bases nos ha llevado a concretar determinadas cuestiones de importancia. Es la primera la reestructuración provisional de los actuales organismos de dirección nacional FLN-FALN. En este sentido, hemos resuelto ampliar los núcleos de dirección existentes, lo cual ha producido una situación crítica en el seno del Partido Comunista Venezolano, con la sanción, por parte de la mayoría del Buró Político de ese Partido, del compañero Douglas Bravo, quien ha sido bajado de ese organismo acusándosele de actividad fraccional antipartido.
"Es la segunda la decisión de enfrentarse a cualquier circunstancia para aglutinar a todas las fuerzas revolucionarias en torno al incremento de la guerra de liberación nacional como único medio para avanzar hacia la conquista del poder y el logro de la independencia nacional, tomando en cuenta las condiciones objetivas del país y las particularidades del proceso venezolano.
"En ambos aspectos hemos avanzado. Ya se procedió a crear una dirección político-militar única FLN-FALN. Esta está encabezada por mí, por Douglas Bravo, en calidad de presidente encargado del FLN y primer comandante encargado de las FALN, respectivamente, y un dirigente del MIR que en carácter de secretario general del mismo se incorporará en el curso de la presente semana.
"A la Comandancia General de las FALN se han incorporado los primeros comandantes de los frentes guerrilleros. A tal conclusión se llegó después de analizar la situación actual de esos organismos, pues se consideró que el núcleo de tres miembros del C.G. FALN que quedaba con vida activa era insuficiente para la dirección militar general, ya que el resto de los integrantes se halla prisionero o en el exterior. Y en cuanto a la aglutinación de las fuerzas revolucionarias en torno al incremento de la guerra de liberación nacional, se designará una comisión unitaria que estudie y prepare los materiales teóricos sobre estrategia, táctica y líneas política y militar del movimiento para ser discutido en la próxima conferencia nacional FLN-FALN.
"La incorporación del MIR a los organismos de dirección y a las tareas preparatorias de la conferencia es un paso de gran importancia, pues en esta forma se abre un período de discusión interna sobre las divergencias actuales, se suspende la diatriba en la polémica y se abren cauces verdaderamente democráticos para la unidad del movimiento revolucionario en lo ideológico y en lo político.
"Sin embargo, se presenta una nueva brecha en nuestro seno como consecuencia de las medidas disciplinarias adoptadas por la mayoría del Buró Político del Partido Comunista Venezolano. Respecto a este nuevo problema estoy informado de que los organismos medios y de base, incluso en el propio Comité Central, han venido reaccionando contra la sanción impuesta al compañero Douglas. Ya han comenzado a circular algunos documentos que expresan categóricamente esa reacción. A mi juicio, las medidas disciplinarias tomadas por la mayoría del B.P.obedecen a problemas de claro carácter ideológico y político, a cuestiones de fondo, que se han pretendido escudar tras el uso de los métodos o de presuntos errores por parte del compañero Douglas y de otros compañeros que coincidimos con él en relación con los aspectos estratégicos y tácticos de nuestro proceso revolucionario. Y es que en el seno del Partido Comunista de Venezuela se debaten dos importantes corrientes de opinión. "Una, la minoritaria en la base del Partido, pero que ha tomado cuerpo en los miembros del Buró Político y el Comité Central, cuya esencia es la siguiente: Los procesos en marcha permiten al movimiento revolucionario tomar la iniciativa en el frente político; sin embargo, será necesario que las FALN ordenen un repliegue de las guerrillas y U.T.C. (Unidades Tácticas de Combate). No se trata de una nueva tregua, sino de algo más a fondo: se trata de dar un viraje en las formas de lucha. Es decir, abrir un nuevo período táctico, en el cual en lugar de combinarse todas las formas de lucha, quedarán suspendidas las acciones de las guerrillas y las U.T.C. Para que las guerrillas y U.T.C. puedan replegarse en orden y el movimiento revolucionario introducir cambios en su táctica, son indispensables varias condiciones, especialmente mantener la unidad y cohesión internas, mantener una férrea disciplina, apoyar y ayudar al núcleo dirigente. Para lograr estas condiciones el Partido y la Juventud deberán actuar en dos direcciones. Primero, mediante la persuasión, suministrando toda clase de razones y argumentos políticos en respaldo a los nuevos cambios tácticos, discutiendo con serenidad a todos los que sea necesario convencer. Segundo, librando una activa lucha contra la tendencia aventurera y las provocaciones, síntesis de los dos documentos presentados por prominentes miembros del Buró Político a la consideración de ese organismo."La otra, mayoritaria en la base del Partido, pero debilitada en el seno de los organismos superiores de dirección que encabeza decididamente el compañero Douglas Bravo, que no solo se opone al viraje y cambio de táctica, sino que formula fuertes críticas a la forma como se ha venido conduciendo la lucha revolucionaria."Como se ve, el centro de las divergencias está en la lucha armada, a la cual se ha venido oponiendo desde el comienzo un grupo de dirigentes del Partido Comunista Venezolano.
"No me cabe la menor duda de que la sanción del compañero Douglas es el inicio del viraje, y que ella está orientada a eliminar, por las vías disciplinarias, a quienes se oponen a la apertura de un nuevo período táctico, en el cual, en lugar de combinarse todas las formas de lucha, quedarán suspendidas las acciones de las guerrillas y UTC. "En una situación como esta, la decisión de ampliar los organismos integrados de dirección, incorporando a ellos a los cuadros más consecuentes y firmes, es un paso de importante magnitud. "La mayoría del Buró Político se ha opuesto a esa medida y ha procedido a desautorizarnos públicamente, negando validez y legitimidad a los organismos constituidos. "Nosotros, por nuestra parte, nos mantenemos firmes y hemos visto con gran simpatía la aparición de una fuerte corriente de opinión que nos apoya, tanto en los frentes guerrilleros, como en los organismos medios y de base del Partido Comunista Venezolano, además del respaldo encontrado en miembros del Comité Central, de los otros partidos miembros del FLN y en las unidades urbanas de las FALN. "Está abierto un período de clarificación ideológica y de precisión del camino revolucionario. Hay un factor transitoriamente desfavorable en esta situación y que nos coloca en una situación de dificultad, es el problema de los recursos económicos, como consecuencia de haber sido el Buró Político el que ha venido ejerciendo el control de este rubro. "Hasta hoy toda la ayuda para el movimiento revolucionario ha estado centralizada en ese organismo, y utilizada en función de su política, es decir, estrangulaba económicamente a los focos guerrilleros.
Continúa más adelante la carta: "Hay una elevada moral en el ánimo de nuestros combatientes y una gigantesca firmeza en el nuestro. Estamos conscientes del presente cuadro de dificultades, pero estamos seguros de que las habremos de superar en el menor tiempo. La verdad se impondrá entre los escépticos y, con ello, un período luminoso asomará en nuestro horizonte. ¡Pa'tras ni pa'coger impulso! "El portador puede aportar más detalles y precisar mejor algunas cosas.
"Marchamos hacia adelante, hacia la victoria.
Luchar hasta vencer.
Un fuerte abrazo de tu amigo,
Fabricio Ojeda."
Frente de Liberación Nacional
Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN)
27 de Enero de 1967


PRESENCIA REVOLUCIONARIA DE MARTÍ

Por FABRICIO OJEDA


¡Qué equivocados estaban quienes creyeron que en Dos Ríos había acabado la vida de Martí!... No sabían que su obra de genial pensador revolucionario crecería con el tiempo en el recio despertar de América y que hoy pudiera iluminar de nuevo el camino de sus hombres, el destino de sus pueblos.En la aurora de la otra independencia –para la que él recomendó prepararse desde en-tonces-, América tiene en la palabra de Martí su más clara orientación y en su voz luz permanente que permite ver la verdad del propio porvenir. Fue que él supo pensar con vocación de futuro y legar como herencia la humildad de su vida, el patriotismo encendido, el amor a la bueno y a la útil. Aquel hombre que a los dieciséis años hablaba con desenfado del Dante y de Lucrecio, de César y de Bruto, que había comenzado a mirar la vida desde las paredes lacerantes del presidio político; que en las pedreras del trabajo forzado pagó su incipiente pasión por la libertad, no podía desaparecer ni perder vigencia en la lucha convulsionada de sus pueblos para llegar al encuentro con lo que él soñó en sus noches de peregrino y visiona-rio. Quienes “pidieron ayer y piden hoy la liberta más amplia para ellos, y hoy mismo aplauden la guerra incondicional para sofocar la petición de libertad de los demás”, no pensaron nunca que la existencia de aquel luchador irresistible se proyectaría como látigo hacia el presente para golpear sus espaldas y dejar caer sobre sus cabezas el puño demo-ledor de las ideas.Martí lo advertía con claridad: “Cuando no os son conocidos los sacrificios de un pue-blo, cuando no sabéis que las doncellas bayamesas aplicaron la primera tea a la casa que guardó el cuerpo helado de sus padres, en que sonrío su infancia, en que se engalanó su juventud, en que se produjo su hermosa naturaleza; cuando ignoráis que un país educado en el placer y en la postración trunca de súbito los perfumes de la molicie por la miasma fétida del camposanto, y los goces suavísimos de la familia por los azares de la guerra, y el calor del hogar por el frío del bosque y el cieno del pantano, y la vida cómoda y segura por la vida nómada y perseguida y hambrienta y llagada y enferma y desnuda; cuando todo esto ignoráis, hacéis mal en negárselo todo; hacéis mal en condenar tan absoluta-mente a un pueblo que quiere ser libre, desde lo alto de una nación, que en la inconciencia de sí misma, halla aún noble decir que tan bien quiere serlo”.Es lo mismo que hoy podría expresar cualquier pueblo nuestro que abandona su apa-rente tranquilidad para combatir el colonialismo y la tiranía. Lo mismo que se puede decir ante la intromisión de los poderosos en la vida de los débiles. Y es que Martí cuando lo manifestaba así, tajantemente, sin retórica ni eufemismos, estaba pensando en el porvenir de América, en la repetición consecuente de los obstáculos que encontrarían nuestros países durante el camino irrenunciable de la independencia. Sabía que siempre quienes ignoraran la realidad de otros, tenderían a condenarlos absolutamente. Comprendía que la lucha de entonces se repetiría muchas veces y hallaría las mismas barreras, iguales incomprensiones. A la vez su genio preveía el desenlace irrefutable. Para él, como para todos los hom-bres de su mente, la historia no podrá detenerse, habrá de seguir su curso contra todo lo que pretenda oponérsele; pensaba que la tormenta estallaría en algún momento, “y la tormenta estalló al fin; y así lentamente fue preparada; así furiosa e inexorable, se desencadenó”. Fue la admiración que colocó ante los que cegados por su prepotencia artificial no pensaron jamás que la tormenta era indetenible. ¿Y qué es lo que hoy está ocurriendo? ¿Y qué es lo que hoy está viendo la humanidad? Sencillamente, que la tormenta que Martí vislumbraba con visión de profeta, no podía quedarse en el cielo encapotado por el artificio de los poderosos. Pero él comprendía así mismo que nada sería fácil. Que la reacción vendría y la lucha habría de ser más dura, pues “cada vez bestia obraba con la furia de su privilegio amenazado”. Esta es la realidad. La Revolución que Martí quería para su pueblo y aspiraba para su América, no podía lograrse con el solo estallido de la tempestad que despedazara privilegios y destruyera injusticias. La Revolución que Martí soñaba suponía transformaciones profundas, militancia permanente contra los enemigos que ella misma engendraba. La Revolución que Martí forjaba en su pensamiento no podía conformarse con el triunfo inicial de sus armas, sino que habría de avanzar hasta aplastar definitivamente la última bestia que pudiera perturbarla o ponerla en peligro de frustración.Cuando así actuaba, con estas precauciones, Martí se comportaba como lo que era: como un revolucionario moderno. Se acogía al análisis dialéctico de la historia y revelaba haber bebido en la fuente de la más avanzada teoría revolucionaria. Al contrario de lo que muchos pensaban en su época, el apóstol cubano no creía lograda la independencia con la sola separación de España, ni aun con el establecimiento en su país de un gobierno criollo. Ello no bastaba, era necesario reafirmarla en el espacio y en el tiempo para evitar amenazas ulteriores. España era el enemigo de entonces, pero no sería la amenaza de siempre. Una vez liberada Cuba y otros pueblos del dominio español, viejas ambiciones de un vecino malvado penderían sobre sus propias cabezas. No valía la pena, en su opinión, librarse de unas garras rapaces para caer en otras más sanguinarias. Para Martí la inde-pendencia tenía que ser total y absoluta, sin ataduras ni contradicciones. La Revolución debía preverlo todo, si quería lograr sus objetivos. Ello suponía un estudio a fondo de sus causas y de sus consecuencias y Martí dedicó toda su vida, toda su capacidad, todo su genio a esclarecer, dentro del análisis creador, la enmarañada trama del proceso revolu-cionario que se planteaba para su Patria. Muchas veces se entregó a frenar los impulsos emocionales de sus compañeros y recriminó a sus viejos amigos por lanzarse a una aven-tura extemporánea. Su condición de verdadero revolucionario no lo permitía permanecer impasible ante los errores de los demás. Y escribía artículos y redactaba cartas sin cesar para abrir los ojos y convencer, con habilidad dialéctica, a quienes él creía equivocados. Esta actitud sincera, franca, revolucionaria, provocó suspicacias, despertó sospechas. Entonces, pocos se daban cuenta de la claridad de su pensamiento, de lo justo de sus ideas. Martí no se amilanó. Tomó la pluma que manejaba con destreza y respondió, de prisa: “Jamás, señor Collazo, fui el hombre que usted pinta. Jamás dejé de cumplir en la pri-mera guerra, niño y pobre y enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo. ¡Queme usted la lengua, señor Collazo, a quien le haya dicho que serví yo ‘a la madre Patria’.”Martí no tenía otra pasión que el amor por su tierra, por la libertad de su Patria. Sus desvelos, sus angustias, sus alegrías, giraban alrededor de la Revolución cubana. Tiempo le faltaba para la lucha y nunca se fatigaba de escribir a sus amigos, de interesar a los emigrados en esa pasión suya. Su obra literaria está orientada por el amor a Cuba y a Hispanoamérica. Sus sacrificios están signados por la vocación revolucionaria. Sus espe-ranzas son la independencia de América. Y todo este amor, y toda esta pasión los traduce al lenguaje sencillo: “Vivo por la Patria y por su libertad real, aunque sé que la vida no me ha de alcanzar para gozar del fruto de mis labores, y que este servicio se ha de hacer con la seguridad, y el ánimo, de no esperar por él recompensa.”(II)Cuba tenía en Martí “la forma justa de su vida y la medida de su pensamiento.” La cruel-dad del gobierno colonial era furia permanente; la pobreza del pueblo, angustia intermina-ble. Él las combatía sin fatiga. Con palabras que tenían la fortaleza de su espíritu describía el martirio de su pueblo:“Doce años tenía Lino Figueredo, y el gobierno español lo condenaba a diez años de presidio.“Doce años tenía Lino Figueredo, y el gobierno español lo cargaba de grillos, y lo lan-zaba entre animales, y lo exponía, quizás como trofeo, en las calles.”¿Había algo más patético para describir el crimen? ¿Había algo más inhumano? Martí era la palabra precisa, el concepto justo. Y cuando quería expresar su alegría, cantaba; era poeta. Y cuando quería expresar su esperanza, pintaba, era pintor...En el destierro vivía para Cuba. A cada instante levantaba su voz para hacer entender el drama de su Patria, la que aún vivía bajo cadenas imperiales. Frente a la Primera Repú-blica Española, se yergue valiente y compara el sufrimiento de los republicanos con la angustia de Cuba. Y reclama. Era inconcebible que quienes habían sobrevivido a la lucha por la libertad, se la negasen a los demás cuando la tenían en sus manos. Cuba no podía esperar que la consecuencia con las ideas obligara a los republicanos españoles a entre-garle la libertad, a concederle graciosamente la independencia. El choque era inevitable y “engendrado por las ideas republicanas entendió el pueblo cubano que su honra andaba mal con el gobierno que le negaba el derecho a tenerla. Y como no la tenía, y como sentía patente su necesidad, fue a buscarle en el sacrificio y el martirio, allá donde han solido ir a encontrarla los republicanos españoles”.La insurrección había estallado. Los cubanos no querían perder tan maravillosa oportu-nidad. En España habían tomado el poder hombres que profesaban sus mismas ideas y no podía esperarse que luego las combatieran con las armas. Martí pensaba de esta manera. Creía que el triunfo de la República en la Península era la victoria universal de la República. Y lo reconocía con sinceridad: “Yo apartaría con ira mis ojos de los republicanos mezquinos y suicidas que negasen a aquel pueblo vejado, agarrotado, oprimido, esquilmado, vendido, el derecho de insurrec-ción por tantas insurrecciones de la República española sancionado. Vendida estaba Cuba a la ambición de sus dominadores: vendida estaba a la explotación de sus tiranos. Así lo ha dicho muchas veces la República proclamada. De tiranos los ha acusado muchas veces la República triunfante. Ella me oye: ella me defienda.”Martí esperaba que comprendieran a su pueblo. Él quería que vieran su tragedia. Y al saludar la República que triunfa, le recuerda a sus hombres: “La lucha ha sido para Cuba muerte de sus hijos más queridos, pérdida de su prosperi-dad que maldecía, porque era propiedad esclava y deshonrada, porque el gobierno le permitía la riqueza a trueque de la infamia, y Cuba quería su pobreza a trueque de aquella concesión maldita del gobierno.”Y desafía el amor propio de los republicanos: “Hable en buen hora el soberbio de la honra mancillada –tristes los que no entienden que solo hay honra en la satisfacción de la justicia: -defienda en buen hora el comerciante el venero de riqueza que escapa a su deseo, -pretenda alguno en buen hora que no con-viene a España la separación de las Antillas. Entiendo, al fin, que el amor de la mercancía turbe el espíritu, entiendo que la sinrazón viva en el cerebro, entiendo que el orgullo des-medido condene lo que para sí mismo realza, y busca y adquiere; pero no entiendo que haya cieno allí donde debe haber corazón.” Y los advierte a la vez:“Mi Patria escribe con sangre su resolución irrevocable. Sobre los cadáveres de sus hijos se alza a decir que desea firmemente su independencia. Y luchan, y mueren. Y mue-ren tanto los hijos de la Península como los hijos de mi Patria. ¿No espantará a la Repúbli-ca española saber que los españoles mueres por combatir a otros republicanos?”Martí expone argumentos en el alegato creador. Es la hora de que comprendan clara-mente el drama cubano. Es la hora de que los republicanos, sepan ser consecuentes con los principios. Martí los compromete:“La República niega el derecho de conquista. Derecho de conquista hizo a Cuba de España.“La República condena a los que oprimen. Derecho de opresión y de explotación ver-gonzosa y de persecución encarnizada ha usado España perpetuamente sobre Cuba.“La República no puede, pues, retener lo que fue adquirido por un derecho que ella niega, y conservado por una serie de violaciones de derecho que anatematiza. “La República se levanta en hombros del sufragio universal, de la voluntad unánime del pueblo.“Y Cuba se levanta así. Su plebiscito es su martirologio. Su naufragio es su revolución. ¿Cuándo expresa más firmemente un pueblo sus deseos que cuando se alza en armas para conseguirlos?“Y si Cuba proclama su independencia por el mismo derecho que se proclama la Re-pública, ¿cómo ha de negar la República a Cuba su derecho de ser libre, que es el mismo que ella usó para serlo? ¿Cómo ha de negarse a sí misma la República? ¿Cómo ha de disponer de la suerte de un pueblo imponiéndole una vida en que no entra su completa y libre y evidentísima voluntad?”Pero la República, sorda, siguió el camino de la Monarquía y quiso ahogar en sangre la decisión cubana de ser libre. Negó todo cuanto Cuba pedía y reclamaba. Ni siquiera con-cedían tibias reformas. Mas, cuando quisieron hacerlo, cuando Nicolás Salmerón pide para Cuba lo que Cuba siempre había demandado, era demasiado tarde. Las llamas de la Revolución se propagaban alegres por los montes de Cuba. Ya nada podría detenerla y antes, por el contrario, cualquier concesión del gobierno español robustecía la Revolución y la avivaba. Entonces, cuando se empeñaban en querer detener la insurrección con el señuelo de las reformas, Martí escribe en Sevilla:“¿Acaso Salmerón no entiende que Cuba ha llegado a su período de emancipación, como han llegado todas las colonias que saben morir durante cuatro años ante el ejército numeroso de una potencia que no los vence ni los doblega, ni los humilla, ni altera su decisión?”El gobierno español que al principio no quiso dar importancia a la lucha del pueblo cu-bano, lo que ocurre casi siempre, reaccionó demasiado tarde; abrió los ojos cuando ya todo era tinieblas para sus ambiciones:“Si antes de la Revolución –decía Martí- eran justas, si eran necesarias antes de que existiese la Revolución, después de la Revolución era necesario algo más que las refor-mas.”Otra vez Martí asumía posiciones radicales, producto de su formación revolucionaria. Sabía que aceptar cualquier reforma, por más amplia que ella fuera, era detener la Revo-lución, destruirla en su esencia y en su espíritu. Cuando un pueblo se dispone a realizar una transformación substancial en su estructura no puede conformarse con simples refor-mas, con superficiales reformas que apenas satisfagan algunos de sus objetivos. Martí al combatir las reformas que, como graciosa concesión o asustado quizá por la violencia, ofrecía el gobierno español, reafirmaba su gran capacidad de revolucionario moderno que había bebido en las fuentes más avanzadas de la historia y que comprendía, por la antigua experiencia, que “un pueblo antes de la Revolución no puede ser después de ella como era”, pues “pasarían entonces en vano las revoluciones para los pueblos”.Para Martí, como para quien es revolucionario de verdad, la Revolución no puede que-darse en la superficie, ni rozar apenas las viejas estructuras. Tiene que emplearse a fondo, sustituir los sistemas, crear nuevas perspectivas para la libertad del pueblo, la justicia, el bienestar del hombre.Martí estaba consciente de que el reformismo no podía conducir a la liberación definitiva.(III)Los primeros brotes insurrecciónales fracasaron, pero dejaron la experiencia que Martí aprovecharía ulteriormente en la organización de la Revolución. La actitud de los Estados Unidos frente a aquellas manifestaciones, le hacía vislumbrar un peligro mayor...Estudioso siempre, precavido en todo momento, revolucionario integral, Martí dedicó todo su tiempo al análisis de los diversos factores que podrían incidir en el nuevo proceso cubano. No solo consideraba las posibilidades físicas o materiales de su pueblo: Martí buceaba en el fondo de su preparación mental. Pesaba la fuera moral del combatiente y medía el poder del enemigo, y hasta llegaba a pensar -¿por qué no?- en el comportamien-to de los sectores vacilantes. Fue ésta quizá una de las mayores cualidades del luchador cubano, quien más que por impulso del espíritu, obraba con base a la propia realidad. ¡La Revolución para triunfar tenía que emprenderse sobre condiciones ciertas!, ¡tenían que llenar determinados requisitos esenciales! Martí actuó con esta clara concepción y lo confirma en su primera carta al general Máximo Gómez, donde dice:“Ya llegó Cuba, en su actual estado y problemas, al punto de entender de nuevo la in-capacidad de una política conciliadora, y la necesidad de una Revolución violenta. Pero sería suponer a nuestro país un país de locos, exigirle que se lanzase a la guerra en pos de lo que ahora somos para nuestro país, en pos de un fantasma. Es necesario tomar cuerpo y tomarlo pronto, y tal como se espera que nuestro cuerpo sea. Nuestro país abun-da en gente de pensamiento, y es necesario enseñarles que la Revolución no es ya un mero estallido de decoro, ni la satisfacción de la costumbre de pelear y mandar, sino una obra detallada y previsora de pensamiento. Nuestro país vive muy apegado a sus inter-eses, y es necesario que le demostremos hábil y brillantemente que la Revolución es la solución única para sus muy menguados intereses. Nuestro país no se siente aún fuerte para la guerra, y es justo, y prudente, y a nosotros mismos útil, halagar esta creencia suya, respetar este temor cierto e instintivo y anunciarle que no intentamos llevarlo contra su voluntad a una guerra prematura, sino tenerlo todo dispuesto para cuando él ya se sienta con fuerzas para la guerra. Por de contado, General, que no perderemos medios de pro-vocar naturalmente esta reacción. Violentar el país sería inútil, y precipitarlo sería una mala acción...”Era ya el asomar de una estrategia y una táctica revolucionarias bien delineadas. Por una parte había que ir combatiendo las reservas frente a la Revolución y, por la otra, con-tribuyendo a madurar las condiciones para la guerra. El país no podía ser violentado ni se podían precipitar las condiciones. (Extraordinaria previsión ésta de buen revolucionario.) Antes había que despertar el consenso mayoritario, levantar la mística y convencer sobre los fines de la Revolución que representaban la solución más apropiada. Paciente, pero provechoso trabajo era éste que se había impuesto Martí y que quería hacer comprender a los demás para evitar nuevos fracasos. Su juventud, le obligaba al análisis sensato, a la orientación ponderada, para que los llamados hombres de experiencia, no pudieran des-confiar ni verse arrastrados a una loca aventura, producto de la inquietud juvenil.El pasado de la lucha, el saber valorar precisamente los factores principales de los pri-meros fracasos, lo hicieron otear nuevos peligros sobre la suerte de su Patria. Martí no podía dejar sin importancia la actitud de los Estados Unidos a lo largo de la historia revolu-cionaria de Cuba. La política oficial norteamericana se había expresado contra la indepen-dencia de la Isla en 1826, en 1830, en 1840, en 1851 y en 1868, cuando el presidente Grant recriminó el Grito de Yara. Pero Martí sabía igualmente que tal actitud del régimen yanqui contaba con la aprobación de sectores cubanos que favorecían la anexión de su país a los Estados Unidos, como fórmula fácil de resolver los problemas planteados, sin los peligros ni los sacrificios que imponía la Revolución.Por ello advierte al general Máximo Gómez:“Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que los demás peligros. En Cuba ha habi-do siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abomi-nar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los benefi-cios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos.”Y agrega con acritud:“Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los ape-gados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamen-te.”Martí, en su incansable labor, escribe al general Antonio Maceo, a Juan Ruz, a José Dolores Poyo, a Juan Arnao, y a todos les comunica su entusiasmo, su fe en el triunfo de la Revolución. El 16 de diciembre de 1887 –cinco meses después de su primera carta- escribe al general Máximo Gómez:“Cuba no es ya el pueblo niño e ignorante que se echó a los campos en la Revolución de Yara, sagrada madre nuestra; sino un país donde lo que quedó de aquella generación, con todas sus experiencias y pasiones, se ha mezclado con la masa culta que trajo el crecimiento activo de la política de los países del destierro, y con la generación nueva, tan dispuesta a pelear por la Patria, pagando así su deuda a los que por ellos murieron, como a resistirse a pelear por una solución oscura y temible, en cuya preparación y fin no vean un plan grandioso, digno de su sacrificio.”Martí insistía, con gran razón, en incorporar al pueblo a la lucha revolucionaria, sin que tuviera temor al sacrificio. Era necesario acreditar en el país la solución revolucionaria. Exponer con claridad cuáles eran sus fines, cuáles sus objetivos inmediatos, cuáles sus perspectivas históricas. Así, todos sabrían por qué iban a luchar, por qué iban a morir o a triunfar. Además, había que ir hacia la unidad revolucionaria, había que proceder sin de-mora a organizar, con la unión de los jefes afuera, -y trabajos de extensión, y no de una mera opinión, adentro-, la parte militar de la Revolución. Esta era la reafirmación de una estrategia previamente concebida que se desgranaba en tácticas precisas para la lucha final. A Martí no escapaba el menor detalle, ni le fatigaba lo minucioso del trabajo. Parecía que su cerebro y su espíritu fueran volcanes en estado de permanente erupción. No había día en que no produjera un nuevo argumento, ni encendiera una nueva palabra para que-mar con ellos el espíritu calcinado de los descreídos. Sus cartas y sus artículos irradian esperanza y levantan la fe. Y hasta los más rezagados le siguen con lealtad.“Ancha es la tierra de Cuba inculta –dice-, y clara es la justicia de abrirla a quien la em-plee, y esquivarla de quien no la haya de usar; y con buen sistema de tierras, fácil en la iniciación de un país sobrante. Cuba tendrá casa para mucho hombre bueno, equilibrio para los problemas sociales, y raíz para una República que, más que de disputas y de nombres, debe ser de empresa y de trabajo.”¿Cómo no seguir a aquel hombre, que cual iluminado, abría nuevas perspectivas? Mar-tí acompañaba, al amor por la libertad, la pasión por la justicia; y al deber de la lucha, la esperanza de una vida mejor. “Habrá casa para mucho hombre bueno y equilibrio para los problemas sociales.” Era él como un adelantado que abría nuevas perspectivas al comba-te. Ya no se lucharía solo por la libertad. Ya no se lucharía solo por la independencia –causas nobles suficientes para cualquier sacrificio. Se lucharía por la tierra, por la justicia social que habría de hacer a Cuba una “República de empresa y de trabajo”.Martí no solamente se elevaba por encima de su tiempo, sino que llega a superar la vi-gencia actual de la democracia formalista, de esa democracia que se basa exclusivamente en el ejercicio teórico de las libertades. En 1893, el Apóstol habla en América de la necesi-dad de abrir la tierra a quien la emplee, y esquivarla a quien no la haya de usar. ¿No era acaso el principio de la lucha antifeudal? ¿No era el alumbramiento de la Reforma Agraria? Martí completaba en esta forma su convicción revolucionaria al servicio del pueblo, a favor de los humildes que necesitan tierra, casa, trabajo y contra los poderosos que ociosa mantienen la tierra.A la vez llenaba el ambiente de ternura, predicaba la paz y ofrecía la convivencia. En su pensamiento había formado un país nuevo –oh, si Martí viviera– donde la justicia no lo era todo; donde la libertad no bastaba. Era una República de sueño para entonces que solo podía vivir en la mente de Martí. Era la base de una acción futura que solo Martí, visionario y poeta, podía vislumbrar en el amplio horizonte de la Patria.Los sacrificios, las luchas, el destierro constituían lecciones inapreciables que redobla-ban el efecto por la libertad, la pasión por la independencia. Y desde el exilio su literatura conmueve a los cubanos, los hace pensar más seriamente en el destino del país. No obstante, él no descansa, no pierde un momento de su vida para bordar, con paciencia infinita, la alfombra extraordinaria donde habría de descansar el pueblo feliz y redimido. Sobre el cual, todos podrían vivir en paz.Desde Nueva York escribe a su amigo J. A. Lucena: “Aquí hemos aprendido a amar a aquella Patria sincera donde podrían vivir en paz los mismos que nos oprimen si aprenden a respetar los derechos que sus hijos hayan sabido conquistar; donde podrán vivir en amor los esclavos azotados, y los que los azotamos”. Es la expresión de su bondad que rebasa los límites del odio, la traducción de la justicia que en su espíritu se inflama de ternura. Es vida de un demócrata sin tasa; pero jamás un liberalismo trasnochado. Él lo dice muy bien: “podrían vivir en paz los mismos que nos oprimen, si aprenden a respetar los derechos que sus hijos hayan sabido conquistar”. Son condiciones inexcusables para otorgar la paz a quienes por siempre la han mancillado. Supone, igualmente, el destierro total de la opre-sión y la convivencia condicionada al respeto de las nuevas coyunturas.Martí vivía para la creación: no podía haber convivencia entre los sectores histórica-mente en pugna si no se respetaban los derechos de las mayorías, aquellos que los hijos de Cuba hubieran sabido conquistar. No podían convivir en paz el antiguo opresor, el mayoral, con los viejos oprimidos, si aquellos querían conservar sus privilegios, irrespetar las leyes y atentar contra el sistema establecido por los hijos de Cuba. ¿Cómo permitir una convivencia donde los opresores continuaran siendo opresores y los privilegiados siguie-ran siendo privilegiados? Ello era simplemente claudicación y entrega que jamás podía encontrar asidero en la conciencia revolucionaria de un combatiente popular.La Revolución era el fin de las clases opresoras, la destrucción de la injusticia, la erra-dicación de los privilegios. Su triunfo determinaría una estructura distinta con una bandera enarbolada en el tope del mástil de la Patria: los derechos que el pueblo haya conquistado y que han de ser para siempre inalienables. La Revolución era la gran esperanza que el tiempo convertiría en gigante.“La Revolución en Cuba –decía el Apóstol- es una gigante que solo de sí propio, como ya una vez, puede recibir heridas. La Revolución en Cuba es el aire que respira, el pañuelo que la novia regala, el saludo continuo de los amigos, el recuerdo que venga y que prome-te, el suceso que aguardan todos. En todo está y en los mismos que no la desean. Nada puede vencerla.... Si la labor de hoy se viniese abajo, y no parece que haya de venir, otra la sustituiría, mejorada por nuestros tropiezos y nuestros yerros.”¡Qué extraordinario concepto sobre la fuerza del pueblo! Porque Martí creía en él, podía asegurar con precisión y optimismo su gran papel en el proceso histórico cubano. Los pasos iniciales de una revolución pueden detenerse y fracasar en un momento determina-do. Circunstancias y factores de diversa índole son capaces de influir en tal sentido; pero jamás condena eternamente el desenlace natural de la historia. Mientras subsista la opresión, mientras los problemas sociales y económicos permanezcan como fardo pesado sobre las espaldas del pueblo, mientras haya clases poderosas y clases débiles, explota-doras y explotadas, el germen de la revolución subsiste, se desarrolla con el alimento permanente de la contradicción, y al fin, nada ni nadie puede matarlo. Estaba en lo cierto Martí cuando expresaba que nada podía vencer la Revolución cubana. Sus causas serían siempre las mismas y las posibilidades de triunfo, indiscutibles. Si aquellas jornadas pre-cursoras no cristalizaban en la victoria definitiva, no había por qué desencantarse o decep-cionarse. Si la Revolución se venía abajo, otra la sustituiría mejorada por los primeros tropiezos y los posibles yerros. Bastaron apenas cincuenta años para confirmar la razón de Martí y hoy Cuba, inspirada en las luchas del pasado, aguijoneada por la actitud de los precursores, alentada por los principios que ellos sostuvieron, se levanta en América para anunciar que el proceso revolucionario iniciado hace medio siglo ha vencido, ha derrotado para siempre los factores opuestos. Nada importa que las fuerzas organizadas en la con-trarrevolución pretendan insurgir de nuevo y que ellas como ayer, puedan contar con el poderío universal de los explotadores, porque como decía Martí, “la Revolución cubana sigue siendo el aire que se respira y el saludo continuo de los amigos”.“¡La Revolución en Cuba es un gigante...!”En América Latina, a la cual Martí sirvió con pasión inigualable, habrá de ocurrir lo mismo. Los problemas que afectan a estos pueblos son iguales a los que la Revolución cubana ha venido liquidando, son causas similares a las que en todas partes del mundo han dado origen a la Revolución, la han levantado en la conciencia popular. Las ideas de Martí y de todos los libertadores americanos continúan vigentes. Ellos esperan aún la consolidación definitiva de la obra que con valor y entusiasmo supieron iniciar.Y como en Cuba triunfó Martí, Bolívar habrá de triunfar en Venezuela, y San Martín en Argentina, y Artigas en Uruguay, y O’Higgins en Chile, y Morelos en México.A la Revolución latinoamericana nada puede detenerla.Las nuevas generaciones del continente explotado, del pueblo escarnecido, empuñan otra vez las banderas de Bolívar y de Martí, las de todos sus precursores, y avanzan con ellas en alto contra la moderna dominación colonial, hasta que al fin la luz permanente de la libertad ilumine sus tierras y consolide el progreso. La lucha por la independencia está planteada, las viejas batallas se renuevan en combates decisivos que derrumbarán la influencia del nuevo Imperio y América será lo que soñaron sus libertadores: el Continente de la Libertad.Entonces ellos descansarán en paz…
27 de enero de 1967